Para nadie es un secreto que la venta de Isagén sepultó la favorabilidad de Santos a una escandalizante cifra del 21% y, hoy, dos meses después, renuncia su Ministro de Minas, asumiendo plena responsabilidad del deplorable negocio.
Pero, aclaremos como fueron los hechos, a Juan Manuel Santos se le advirtió y se le volvió a advertir que la venta de Isagén sería un desastre para la economía nacional y que, según reaccionó el país, los colombianos no aprobarían dicho acuerdo, y entre más rápido se le dijo, más rápido lo hizo, tan sencillo como sacar pan del horno, cuando ya todo estaba hecho y maquinado. Ahora, cuando no hay vuelta de hoja, cuando la mercancía se ha pagado y se ha recibido el dinero, también el de por debajo de la mesa, ahora, es cuando puede tomar riendas del asunto. Ya es típico del Señor Santos, lavarse las manos una vez ha logrado su objetivo, y esta vez no haría la excepción, debía achacar su mala suerte a un pobre lacayo que no hacía más que seguir sus órdenes y quien ahora, después de todas sus artimañas condescendientes a los caprichos del Gobernante, se encuentra solo ante la guillotina mediática y el veredicto de millones de colombianos.
El problema, es que al Gobierno se le van agotando las cartas, y lo que en un principio sirvió para ganar una contienda electoral, ahora es obsoleto, ahora se expone a la mirada crítica de sus compatriotas que ya no tragan entero del mismo cuento y, esta vez, tendrá que inventarse una nueva función circense para que le sigan paladeando sus diálogos de paz.




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